Unknown Armies. Tres Caballos.

La Primera Palabra

En los tiempos en los que los primeros pueblos se crearon. En la época en la que el Hombre escupía sus pulmones, llenos de agua, de ese caldo de cultivo para la vida, y comenzaban a dar sus primeros pasos por la tierra recién creada, en los tiempos en los que, en definitiva, la creación tal y como la conocemos arrojó a su obra magna, el ser humano, a la vida, es el momento en el que transcurre la primera historia que jamás se contó.

Aquella historia, ya olvidada, consistió en una sola palabra. O más que una palabra, un gruñido gutural, abandonado de toda razón. “DAMBALLAH”. Y a partir de aquel momento, el hombre comenzó a ser hombre, y se reunió en tribus, que luego pasarían a ser pueblos, culturas, imperios.

Hablamos, por tanto, de una época primigenia. Todo estaba por inventarse y, aunque esto fue esperanzador y permitió al hombre evolucionar, el precio a pagar no fue pequeño. Quizás si la primera palabra jamás pronunciada hubiese sido otra, la historia de la humanidad habría sido diferente. Quizás, se habría librado de la pesada carga de ser dueña de su propio destino.

Pero no fue así. Los sacrificios que se requerían para que aquellos entrañables primeros trozos de carne con ojos evolucionasen no eran pequeños. Por muy irracional que fuese, cualquier madre podía comprender que ofrecer un cachorro a los Dioses no era bueno. El dolor era demasiado. El Dios, terrible. Y el grito: “DAMBALLAH”, la primera expresión de frustración, ira irracional hacia lo incomprendido. Fue un juramento de venganza eterna, un grito de esperanza, una declaración de intenciones. Quizás, sólo quizás, luchando con mucha furia, retando a los dioses existentes, sustituyéndolos por unos nuevos, borrando la creación, lo inevitable, lo que ya ha pasado, se desharía. Quizás, una madre podría recuperar a su niño muerto, sacrificado en pro de una vida próspera y segura, por la promesa de un futuro prometedor y brillante.

Pero aquella mujer, que ni siquiera se sabía a sí misma, no podía comprender nada de lo que sucedía, pues no estaba creada para ello. Se encontraba sin propósito, y lo encontró ante el pequeño cadáver de su cachorro, ofrecido a bestias más antiguas que la humanidad, en pago por el intrusismo del hombre en la naturaleza.

-DAMBALLAH!

Todos los hombres de la creación, que no eran muchos, escucharon aquel grito. Y todos ellos aprendieron la primera lección de muchas otras: Nada, absolutamente nada, es comparable al amor que siente una madre por sus cachorros. Con aquella palabra, se cerraba cerraba un ciclo, y daba comienzo otro.

La venganza de aquella primera mujer fue terrible. El profundo rencor la llevó, durante los escasos años que duraría su vida, a perseguir a todo aquel que fuese su semejante, culpándoles a todos ellos de su propia desgracia, y castigándoles de la forma más severa que pudo. Atrozmente, hasta que la forma humana de sus enemigos era ya irreconocible.

Arrasó por igual poblados, campamentos, manadas. Daba igual qué animal se le cruzase. Todos ellos se apartaban de su camino, la alimentaban, o simplemente eran fulminados por una furia insaciable.

Durante años, mientras la Primera Mujer ejecutaba la sentencia que ella misma había dictado sobre el mundo, en otros lugares de la tierra la humanidad avanzaba y se extendía. Inventaba nuevas palabras, pero no podían tener tanto poder como la Primera Palabra. Establecían relaciones sentimentales, pero jamás podrían alcanzar la intensidad de la primera relación de amor. Establecían sociedades, temerosos de que sus esfuerzos no fuesen suficientes para retener lo que ellos mismos habían provocado.

Tal fue la devoción de aquellos primeros seres por librarse de la condena que se cernía sobre ellos, tal era la amenaza, tal fue la rabia y el alcance de la venganza, que los propios hombres, temerosos, abandonaron a sus antiguos y poderosos Dioses. Ninguno de ellos quería verse relacionado con el sacrificio que provocó tamaña venganza. Pero el mal ya estaba hecho.

Y se refugiaron en lo que tenían inmediatamente delante. Lo hicieron a través del arte, de la fé, de la mera inquietud intelectual. Desesperados, aquellos primeros hombres desearon que la realidad fuese otra, y fue así como nació lo abstracto: el arte, la fe, la noción del bien y del mal.

Lo que aquellos inocentes primates no sabían, porque no podían, era que el castigo al que la primera madre les había condenado ya no podía deshacerse. Ya habían escuchado la Primera Palabra. La humanidad quedaba condenada, así, y para siempre, a no comprenderse, a odiarse, a autodestruirse, pero también a luchar para sobrevivir, a mejorar, a ser feliz.

Y esa fue la mayor condena de todas. Nosotros no lo sabemos, porque no conocemos otra cosa. Pero la humanidad no es más que un preso de sí mismo, que se castiga durante toda la existencia, pero sin llegar a desaparecer. Tiene satisfacciones para curar su alma maltrecha. Pero sólo sirven para que ésta pueda seguir siendo torturada. En definitiva, se condenó a ser lo que es ahora.
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Por supuesto, la historia de Damballah continúa hasta nuestros días. Pero el resto de capítulos, se pierden entre palabras de poder, extrañas y antiguas deidades que luchan por sobrevivir, y en mitos y leyendas, creencias y supersticiones, que poco tienen que ver con la realidad.

Desde entonces hasta hoy, se han adorado a dioses verdaderos y falsos, la humanidad ha tenido épocas doradas y oscuras, grandes avances, pero también pestes y enfermedades. Grandes represiones, también descubrimientos.

Pero al final del día

lo que cuenta

es la familia.

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