Unknown Armies. Tres Caballos.

OTRO TROCITO DE HISTORIA PARA SER CONTADO

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/-“Tampoco puedo hacer comentarios sobre eso”
El inspector de policía Armstrong empezaba a estar molesto. Lo disimulaba, claro, y se esforzaba en que la entrevista mantuviese ese tono cordial y “off the reccord” que le permitiese salir airoso ante la opinión pública y sus superiores. Trataba de esquivar las preguntas de Franc abordando las cuestiones de forma tangencial. Incluso pensaba que lo estaba haciendo bien. Al fin y al cabo, había invitado al periodista a su propia casa, se había mostrado dispuesto a hablar, sin tapujos, de los datos de la policía del condado. Y el periodista, hasta ahora, se había mantenido en unos márgenes bastante aceptables.
La primera hora había ido estupenda: habían bebido whisky, Franc había anotado algunas declaraciones que parecían espontáneas (pero que en realidad estaban bien estudiadas y consensuadas) y parecía haber entendido que en el informe que remitieron a sus jefes no se contemplasen los datos del último trimestre. Era normal. Aún no estaban computados, y ni siquiera era año de campaña electoral.
Pero todo eso había sido la primera hora. Durante el siguiente cuarto de hora, todo lo que había dicho el jefe de policía había sido “lo estamos estudiando”, “no tenemos datos suficientes como para asegurar nada” y “tampoco puedo hacer comentarios sobre eso”. Los chistes se le habían acabado, y algo le decía que Franc no se conformaría. Armstrong buscaba una forma, ya no de cesar las preguntas, sino de sacar a aquel periodista de su casa sin quedar demasiado mal en los papeles.
Y sin embargo continuó el periodista- parece que las denuncias por violencia han aumentado en el condado durante los últimos meses.
Era innegable. Una oleada de crímenes violentos (algunas fuentes los habían calificado de “terribles” y “monstruosos”) sacudía el sur de Texas desde hacía algunos meses.
/-Es posible, no lo sabremos seguro hasta que se publique el informe de Diciembre, pero eso será a mediados de enero, y todavía falta mucho. No dará tiempo a incluirlo en el artículo.
Franc miró a Armstrong directamente a los ojos, y Armstrong mantuvo el tipo. Tenía muchas tablas. Del bolsillo, Franc sacó un pequeño cascabel atado de un cordel.
/-¿sabe lo que es esto?
/-Claro, mi hijo lleva uno. Dice que da buena suerte.
Sí, la moda se había extendido. Mucho. Nadie sabe exactamente cómo ni donde había nacido, pero era algo viral. Parecido a lo que sucede con las redes sociales. Todo el mundo lleva cascabeles colgando del cuello. O en la muñeca, o en los tobillos…
/-La mujer que me lo dio no esperaba que le diese suerte.
Hizo una pausa dramática. Quizás esperando a que el propio jefe de la policía le hiciese alguna pregunta. No sucedió. Armstrong veía dónde iba todo aquello, y no le gustaba un pelo. Al ver que Armstrong no decía nada, Fran continuó:
-La mujer que me lo dio esperaba que le librase de algo… algo muy malo. Su marido fue hallado tiroteado hace 20 días a mitad de camino hacia ninguna parte. Y no es el único…
/-Estoy al corriente. Pero como le dije a su jefe por teléfono, es demasiado pronto para…
Franc se disculpó de inmediato. Cada vez que Armstrong mencionaba a su jefe, Franc cambiaba completamente de registro. Sabía que entraba en temas delicados. Normalmente eso no le habría supuesto ningún problema. Nunca había tenido escrúpulos a la hora de “sacar la verdad a la luz”. Pero sabía que de nada le serviría enfrentarse a Armstrong y, por ende, a toda la policía de Texas. Le convenía este amigo. Aunque le ocultase cosas.
/-Tiene usted razón, perdone. En cualquier caso, creo que con esto tengo suficiente.
Al escuchar estas palabras, el jefe de policía Armstrong respiró visiblemente aliviado.
/-No ha ido tan mal, ¿verdad?
/-No, no ha sido usted muy duro conmigo.
/-Bueno, ha sido un placer.
Mientras estrechaban las manos, Franc miró de nuevo a Armstrong a los ojos.
/-Otro día hablaremos de Stagger Lee.
El cuerpo de Armstrong se tensó por completo, y Franc supo de inmediato que había tocado hueso. Antes de que el policía pudiese preguntar dónde había escuchado ese nombre, Franc ya había salido por la puerta de su casa. El jefe de policía balbuceaba algo mientras el periodista arrancaba el coche y abandonaba la zona, pensando en que la última hora y media de paripé había servido de algo. Sabía que iba por el buen camino…

Algunas horas después, Franc cenaba en un Fun and Fast con Gasolinera, cerca de Amarillo, Texas. Maldecía las malditas hamburguesas. Pero lo que más le fastidiaba era cómo le miraba la gente. Como si fuese un payaso contratado por la propia cadena de comida rápida para animar el cotarro. Debía resignarse. Al fin y al cabo, reconocía que su aspecto era, cuanto menos, pintoresco: un mostacho enorme y frondoso, blanco, con las puntas hacia arriba y los pelos más cercanos a la boca amarillentos de tanto fumar; un bombín de otro siglo, camisa con bordados, un chaleco oscuro, tirantes… Por el amor de Dios, ¿quién usa tirantes hoy en día?
Mientras devoraba a bocados la comida que le habían servido (todo en aquellos locales parecía saberle igual), revisaba sin demasiado interés las notas que tenía. Le servirían para algo. Seguro. Algún artículo sobre la actuación de la policía en el último año. Le habían encargado unos deberes, y no le había costado demasiado hacerlos. Pero ya tenía muchos años, y mucha hambre. Hambre de historia. Hambre de que le volviesen a reconocer. Hambre de vida. Y por fin, parecía que había encontrado una historia digna de ser contada. Su jefe le había advertido de que no molestase a Armstrong. El periódico le debía muchos favores a la policía local…
Sonó el teléfono móvil interrumpiendo el hilo de pensamientos de Franc. Perezoso, miró el número, sabiendo de antemano que le llamaban del periódico. No tendría que haber mencionado a Stagger Lee delante de Armstrong. Pero tenía que asegurarse de que el nombre era real. De que, al menos, la posibilidad se barajaba.
/-Franc, maldito bastardo, van a pedir tu cabeza por esto.
Era su jefe. Claro. Armstrong debió llamarle poco después de que abandonase su casa. “No sé qué cojones le has dicho a Armstrong, pero te van a colgar”.
Hablaba figuradamente, claro. Pero cuando colgó el teléfono, Franc no tenía muy claro si seguía trabajando para el periódico. No le importaba mucho (desde que su mujer se divorció de él, y se llevó a Sandra a Europa, nada le importaba demasiado). Llegados a este punto, entregaría el artículo en un par de días y seguiría olfateando el rastro que acababa de encontrar. La historia era buena. Cojonuda. De las que dan dinero a los periódicos: un asesino en serie. O quizás un sociópata (los detalles tendrán que determinarlos los expertos)… Un tarado de la RNA. Todavía no lo sabía, pero iba a descubrirlo.
Stagger Lee. El mayor hijo de puta que había visto Texas, quizás, en el último cuarto de siglo. No estaba nada mal. Sus jefes se pasarían las siguientes semanas (quizás meses), riñéndole. Puede que incluso le expulsasen del periódico. Podía vivir con aquello. Tenía unos pocos miles de dólares guardados que le servirían para ir tirando… siempre y cuando la historia no se alargase demasiado. Pero una vez que estuviese acabada, todo el mundo querría comprársela. Si el caso era tan grande como sospechaba, puede que incluso escribiese un libro.

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